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    August 22

    la sabiduría

    Vaya memoria la mía, hoy me he acordado que tenía un blog, precisamente hoy que estoy hasta el culo de curro. Estas cosas suelen pasar no tienen nada de premeditado pasan y ya está.

    Desde la última entrada han pasado muchas cosas, ninguna de ellas interesante aunque más de una un tanto desagradable. El mundo del cine tiene lo mismo de loco que de apasionante, la verdad es que uno no sabe si acabar dejandose arrastrar por la marea de incongruencias que acaban teniendo sentido el día menos pensado, o intentar unas maravillosas oposiciones a funcionario de prisiones, que visto lo visto, aún tendría la suerte de presenciar alguna fuga espectacular a lo Steve McQuinn.

    Como aun no he tomado ninguna decisión voy a pasar a otros temas de mas trascendencia y que dejan a la altura de la mierda aquellas afirmaciones de que con la edad llega la sabiduria; me gustaría saber quien fue el cafre que dijo eso, por que yo espero y espero a que ese manto de sabiduría me rodee y lo único que me acaba rodeando son las ganas de cometer una gilipollez detras de otra, quizás eso sea la sabiduría, quien sabe...

    Bueno, pues andaba yo, ará un par de semanas, por la calle con un par de bolsas del area de Guisona, en donde había comprado unos paquetes de mortadela de bologna y una mezcla sin pipas, cuando tube la visión de unas caderas, femeninas por supuesto, cuyas formas podían perfectamente adivinarse tras unos tejanos ajustados, y una blusa blanca que sin apenas transparentar podía poner en jaque la desentrenada imaginación de un banquero; la mía, por desgracia, demasiado bregada en estas lides, pudo dibujar a la perfección hasta el más minimo detalle de todos los secretos que la susodicha blusa pretendía esconder. Para resumir, la mujer en cuestión, estaba muy buena. Bueno pues cual fue mi sorpresa cuando esta mujer entró en mi portal y se encaminó al ascensor, que por suerte ésta estaba en el último piso, con lo que me dio tiempo para llegar y estudiar detenidamente la situación. De frente se me antojó una mujer sumamente atractiva, con una belleza sofisticada, con casi total seguridad diría que sobrepasaba la cuarentena con una indudable clase que convertiría en suicidio cualquier intento de ataque frontal que no estubiera a la altura de las circunstancias, y que, con total seguridad, delataría mi desesperación sexual, poniendo punto y final a lo que podía convertirse en el mito herótico de la semana. Cuando el ascensor llegó simulé toda la galantería de la que fuí capaz y abrí la puerta, ella sonrió con cortesía, una cortesía aprendida con los años de la cual no se podía extraer ninguna conclusión. Las sorpresas no acaban, iba al segundo, igual que yo, que fue lo que le dije, con cierta torpeza, todo hay que decirlo. Nos despedimos en la puerta del ascensor, un adios seco y cerrando la puerta a cualquier tipo de comedura de cabeza tratando de encontrar sutiles interpretaciones al tono de ese "adios"; aún así, yo lo hice claro, no iba a ser tan idiota de acabar con el tema de esa forma. Craso error. Las siguientes veinticuatro horas mi cerebro escudriñó la manera de propiciar un acercamiento y lo peor de todo es que la halló, quizás entre todas las opciones fué a elegir la más descabellada, por suepuesto también halló la manera de justificar tamaño despropósito. Una mujer con esa sofisticación no haría caso jamás a un supuesto cineasta a la espera de unas migajas, necesitaba algo contundente, algo que atrajera su atención; bueno, pues teniendo en cuenta que sus tendederos daban a los míos decidí tender unas batas blancas hábilmente sustraídas de un comercio de ropa de trabajo y aguardé a los acontecimientos. Un par de días más tarde me encontré con la mujer nuevamente en la puerta del ascensor, he de reconocer que estaba aún más atractiva que en nuestro primer encuentro, quizás por que ese día me obsequió con una amplia sonrisa que se me antojó más cálida y familiar; de nuevo le abrí la puerta cortesmente y entramos en el ascensor. Según mis previsiones el ascenso al segundo piso no sería en silencio y así fué, sólo pulsar el botón me preguntó si yo era médico, a lo que respondí, con seguridad y aplomo que sí, cirujano plástico para ser más exactos, no pude dejar de observar su reacción, supongo que su visión de mi cambió radicalmente, había dejado de ser el pringado del segundo segunda. Volví a verla un par de días despues, y tubimos una interesante y profunda convesación sobre el tiempo, la cual agradecería no se desmereciera, pues ciertamente las condiciones atmosféricas de esa semana en cuestión albergaban sutiles misteríos, nos habíamos enfrentado a una borrasca siberiana que había hecho descender la presión atmosférica a achenta y siete milibares, algo muy poco común...

    Más adelante me enteré que que mi mito herótico de la semana estaba felizmente casada con un técnico de postproducción de sonido de cierta reputación, y que hacia seis meses se había operado los pechos con algunos problemas de infección de quirófano.

    He decidido que la próxima vez adquiriré un rol diferente, en realidad creo que las mujeres aman el riesgo, la aventura, el peligro; voy a ser un narcotraficante colombiano, que mujer, en su sano juicio, podría resistirse a algo así.

    Ahora estoy seguro, esto es la sabiduría.